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Querida amiga

Tan sólo hace 12 meses cerraste el círculo, y me he quedado pensando en cuánto nos haces falta. Por eso hoy te escribo, sabiendo que tú sabes en qué estamos.Siempre hablábamos de que la gente sólo se conoce por sus obras, no por sus palabras ni sus posturas. Y tú eres de aquellos/as que obraron en la vida de muchos
Se ven tan lejos los días en que nos conocimos, allá por el comienzo de mi exilio cuando nos recibiste en tu casa para conversar de lo que estaba pasando en nuestra lejana tierra.
Después nos vimos esporádicamente cuando volvías a la ciudad con tus verduras arduamente producidas en el norte, También recuerdo que me hablaste de que la vida del campo no era lo tuyo.
Tú eras una mujer educada, bien leída, que se estimulaba en la relación con la gente y el aislamiento de esa vida de campo era un lento suplicio. Por eso volviste a la ciudad a incorporarte en nuestro proyecto social.
Nos acompañaste desde el principio, con generosidad, entusiasmo e idealismo. Recuerdo tu arduo esfuerzo trabajando a la par nuestra, levantando día a día lo que hoy es nuestra fundación. También, y a pesar de tu años, me acuerdo perfectamente de cuando hablamos de la idea de que fueras a estudiar la carrera de Asistencia Social, ya que necesitábamos más trabajadores comunitarios y se acercaba la hora de que asumieras mayores responsabilidades.
Lo hiciste tan bien, que hoy recuerdo orgullosamente tus éxitos en la carrera, de tu trabajo exhaustivo, de una calidad pocas veces vista, de tus notas y tus investigaciones. Siempre querías saber más y guardabas con cuidado cada una de tus tareas y los escritos de apoyo.
Qué rápido pasaron esos años, y como ayer recuerdo tu ultima práctica, en una pequeña, pobre y desesperada comunidad aborigen en el territorio australiano. Allí llegaste con lo aprendido en Aotearoa, la vocación bicultural de ver al mundo.
Después me comentabas de las luchas diarias de aquel pueblo olvidado e ignorado por los australianos. De cómo debías esperar junto a las mujeres aborígenes que llegara la hora de más calor para ir junto a ellas a comprar sus víveres, a veces con precios mucho más altos, ya que a esa hora los aborígenes no se toparían con los blancos australianos. El racismo intransigente del opresor. Tú fuiste uno de sus testigos.
También recuerdo como tan orgullosamente te fuiste a la ONU representando a la mujer refugiada y allí dejaste nuestro nombre en alto y por eso la ex Primer Ministro de NZ, Helen Clark tenía mucho respeto por ti y tu labor.
Eras una mujer dedicada, y lo hacías todo con tal finura que estuvo muchas veces demasiado alto para aquellos que vivían el día y no entendían.
Recuerdo también cuando tomaste mi puesto mientras yo dejaba el día a día la organización y me iba al mundo de la asistencia social, y cómo nos fuimos formando en una dupla estratégica. Pasamos buenos y malos momentos, tal vez los más difíciles, ya que muchos nos atacaron al no entender el sentido y la dirección que le dábamos a nuestro servicio.
Quisieron destruirnos y nos atacaron, a veces produciendo en ti un dolor tan intenso, que te iba marcando. Yo lo vi pero fuiste consecuente al extremo, sabiendo que como buen capitán sólo la consistencia te llevaría al destino esperado.
Hiciste buenas relaciones con el mundo de las ONG, con gente de gobierno y ellos sí que entendieron la pasión que entregabas a diario. Pero la salud te fue mellando, poco a poco. Al principio ni siquiera yo lo notaba, tal vez al igual que tú, preferimos ignorar lo temible.
Así fuiste acercando a ti, como una madre, a los desesperados que llegaban de diversas regiones del mundo, que aprendieron de tu compromiso y de tu vocación justiciera.
Tú luchaste por elevar siempre la posición de la mujer, conociendo en carne propia la discriminación y el abuso a que muchas de ellas son sometidas.
Nos dejaste un ejemplo muy difícil de seguir, trabajaste fuertemente hasta el final, nos dejaste tareas a todos, siempre pensaste en nosotros.
No sabes el orgullo que nos dio saber que el primer programa de padres para nuestra nueva comunidad de refugiados colombianos fue el resultado de tu trabajo.
Por ello el Ministerio de la Familia nos pidió una fotografía tuya para inaugurar ese programa con tu visión para esa nueva comunidad. Estableciste nuestro primer albergue y finalmente creaste nuestro segundo lugar, donde están nuestras oficinas.
¿Ves cómo estás presente? En la entrada de nuestro centro hay un jardín dedicado a ti que se llama Patty’s Garden. Allí crecen plantas que llevan tu bella savia y se llena de mariposas.
Patricia, tú eres el legado del mar de banderas rojas del tiempo de los sueños, y así fuiste armando este sueño que sigue creciendo cada día.
Eras la mariposa amarilla de Macondo, la Frida de nuestros tiempos y por eso estas letras te las dedico hoy.

Sabemos que la vida y la muerte son parte de lo nuestro y así celebramos tu vida, tu ejemplo, tu consecuencia, tu dignidad y tu integridad.
Viva la Vida amiga, ¡¡Viva tu Vida!
Esteban
Auckland, Marzo 2012
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